Ya me había aburrido, llevábamos varias horas en el juzgado, en una de esas audiencias interminables, cuando aún teníamos los ocho gravísimos cargos en nuestra contra (robo específico con violencia, daño en propiedad ajena doloso, lesiones dolosas, despojo, asociación delictuosa, motín, sabotaje y terrorismo; ya para ese entonces nos habían quitado el calificativo de “peligrosidad social”). Pero ahora no quiero platicar de mi rosario de cargos delictivos, sino de que por el aburrimiento me fui a pasear a otros juzgados; obvio, del lado de la rejilla de los presos. En un juzgado estaba un señor de unos 40 años, su piel morena, su cara de rasgos indígenas, claramente se le veía en la cara miedo e incertidumbre; atento escuchaba a su abogado de oficio, quien del otro lado de la rejilla le decía: “te hallaron culpable de robo, te dieron condena de 18 años, por favor pon una equis en esta rayita”. Le pregunté como para comprobar lo que sospechaba: que no sabía leer, que difícilmente entendía español, y que ni sabía del robo que lo acusaban; supongo que tal vez su abogado, al ser de oficio, no muy hizo por defenderlo.
En otra ocasión, llegó al reclusorio un señor de unos 80-85 años, usaba bastón para caminar, lo cual hacía con gran dificultad; claramente se notaba que no muy sabía dónde estaba: volteaba para todos lados, extrañado, confundido. Así que le preguntamos qué le pasaba, por qué lo habían aprehendido; no pudo respondernos, no sabía qué pasaba y tartamudeaba al hablar. Uno de los técnicos penitenciarios nos contó: lo aprehendieron porque se metió a un sanborns (sí, uno de los tantos negocios slim) y salió con un chocolate en la mano: se le había olvidado pagarlo, se le había olvidado incluso que lo llevaba en la mano. Le dimos de comer y tratamos que lo pasara lo mejor posible. Para la tarde ya comenzábamos a discutir en cuál de las celdas se quedaría, quién le prestaría cobijas, cuando llegó la notificación: el señor podía salir, le habían dado derecho a fianza: debía pagar 900 pesos porque el alzheimer ocasionó que se le olvidara pagar un chocolate que valdría tal vez 20. Obvio decir que entre todos cooperamos para pagar su fianza, sus familiares desconocían que estaba preso, así que en cuanto saliera lo llevarían a un albergue del gobierno en lo que encontraban a su familia.
¿Cuántas historias habrá así dentro de un reclusorio? ¿De cuántas injusticias cometidas a diario no nos enteramos? En un caso, un indígena sin traductor, si poder leer ni escribir, sin enterarse del proceso en su contra es sentenciado a 18 años de cárcel por un crímen que él me asegura no cometió (y yo le creo); en el otro caso, un señor va a la cárcel por una enfermedad neuronal crónico degenerativa. Si estuviéramos en países islámicos, a ambos les habrían cortado una mano, ¿y si en méxico se aprobara la pena de muerte…?
Desde hace 3 años, Jacinta Francisco Marcial está presa por un terrible crimen: ¡secuestró a seis elementos armados de la agencia federal de investigación! Motivo por el cual fue sentenciada a 21 años de cárcel. Ella es indígena otomí, vivía en querétaro cuando fue aprehendida, no sabía ni por qué la detuvieron, tampoco sabe leer ni escribir. Las pruebas de su culpabilidad son una fotografía en un diario local, donde Jacinta aparece a un lado de un operativo de la AFI; así como las declaraciones de los agentes. Una de las pocas notas del caso está acá: http://impreso.milenio.com/node/8573751
Reitero, esto es de lo poco, poquísimo que nos enteramos. ¿Qué pasa donde no nos enteramos? ¿Qué pasa cuando nos negamos a leer periódicos y enterarnos de casos como éste? ¿Qué pasa si aún enterándonos no lo denunciamos, no exigimos libertad y justicia?
Si existiera la pena de muerte, Jacinta iría al patíbulo, por estar en el momento y lugar incorrectos. También irían al patíbulo los presos políticos de Atenco, los cuales para el gobierno federal son culpables de haber secuestrado a agentes y autoridades municipales; pero hasta eso, “corrieron con suerte” y sólo deben purgar condenas de 112 años de prisión. ¿Qué pasa con los presos políticos en todo el país? O mejor preguntado: ¿qué pasa con nosotros, que vemos las injusticias y no hacemos nada por detenerlas? ¿Acaso las palabras de Ernesto Guevara de la Serna ya no tienen vigencia: "Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario"? O como ésa era una carta para sus hijos, ¿no nos sentimos aludidos?
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