Camino de mi casa al trabajo vi dos accidentes distintos, en ambos los responsables fueron microbuses: Uno chocó contra un árbol sobre el periférico. Otro chocó contra una camioneta de granaderos, en canal de chalco. En el primero, seguro el árbol iba muy rápido e impertinente; en el segundo, me queda claro que los microbuses no le temen a nada, ni siquiera a los granaderos.
¿Cuántas veces hemos oído sobre la mejora a la calidad del transporte público sin ver resultados? ¿Qué hará en todo el día el armando quintero (el flamante secretario de transporte y vialidad)? ¿Cuánto cobrará al mes por sólo llegar a su oficina a poner su cara de pendejo? ¿Cuántas veces en su vida se habrá subido a un microbús? ¿En verdad es tan grande el miedo que infunden los microbuseros como para que ni policías, ni secretarios, ni gobernadores puedan ponerlos en orden? ¿Entonces quién los obligará a respetar el reglamento de tránsito, a no pasarse los altos, a no jugar carreritas por pasaje, a no tratar mal a los pasajeros?
Las veces que me ha tocado un mal chofer de microbús, se lo reclamo, le pido que maneje con precaución, que no haga base en cada semáforo, que no juegue carreritas, que ya no cabe más gente, que le baje a su música. Ante cada una de estas observaciones, los microbuseros tienen una respuesta universal (una especie de llave maestra): "pues si no te parece, vete en taxi". Lo más sorprendente de todo, es que siempre te dejan solo, nunca me ha tocado que los demás pasajeros me apoyen, por lo cual el microbusero se envalentona y como buen Homo microbusensis, quiere resolver sus problemas a golpes.
¿O sea que a golpes cada ciudadano debe educar a los microbuseros, porque armando quintero, manuel mondragón y marcelo ebrard les temen y no pueden obligarlos a respetar los reglamentos existentes?
Lo seguiré repitiendo: si no cumplen con sus funciones, y nosotros les pagamos, ¿no podemos despedirlos?
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