miércoles, 25 de agosto de 2010

unas empanadas que hacen llorar

Llegamos al mismo tiempo. Ella traía un chal de cuadritos, falda negra y un sueter guinda; dos bolsas de mandado, una canasta y un bote de esos que se usan para acarrear agua. Se le marcaban en el andar unos 70 años mal vividos y sufridos. Vendía empanadas, ¿quién diría que se venderían empanadas a las 5 de la mañana en este túnel por el que pasan 100-200 personas por segundo rumbo a sus trabajos del otro lado del mundo?

Cuando nos dijeron que viniéramos a volantear a esta terminal del metro nos pareció una locura (y al terminar la brigada, nos pareció una reverenda pendejada); aún así llegamos a pantitlán a las 5 de la mañana, a la mera hora que pasan por aquí los obreros rumbo a sus fábricas.

La gente camina rápido, muy, pareciera como si al caminar lento o si alguien se atrasa, los demás se lo comieran. Así que no nos recibían los volantes, y quien sí, lo tiraba dos pasos después. Yo estaba entre molesto por esta estúpida idea y triste, porque nadie nos leía, así que le dije a la brigada que abortáramos la misión.

Fue cuando la doña se nos acercó, nos pidió un volante y nos preguntó: ¿“ustedes son ‘los muchachos’”? Yo tartamudée, no sabía qué responder, así que ella preguntó ahora: ¿“y qué hacen tan lejos y a estas horas”? Entonces ni amigo le respondió que sí, que éramos “los muchachos” que estábamos en huelga en la UNAM, y que habíamos ido a volantear y botear.

Entonces nos extendió la mano izquierda y pude ver que traía unas empanadas; nos las estaba regalando, que para que desayunáramos. Por eso el corazón se me estrujó, no podía creer lo que estaba haciendo esa doña.

Y aún no puedo creerlo, ella nos decía que era su manera de apoyarnos, que quería que sus nietos fueran a la universidad, que debíamos ganar por ellos.

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